Tiempo e identidad
Para la mayoría de las tradiciones místicas (no duales) y la física moderna, el tiempo es una convención mental. El pasado no existe y el futuro tampoco; solo existe el presente.
El pasado es el recuerdo de otro presente; el futuro, una expectativa sobre el presente.
El pasado nos ayuda a tejer una historia personal; el futuro traza un “progreso” personal. Por estas razones, el pasado y el futuro ayudan a crear nuestra identidad. Dicho de otro modo: fuera del tiempo ordinario, nuestra identidad queda “suspendida”.
¿Y cómo se accede a ese estado sin identidad? La meditación ayuda a parar los pensamientos que surgen en la mente de forma involuntaria —otra forma, por su flujo constante, de crear pasado y futuro—. Y aquí está lo interesante: cuando la mente deja de identificarse con esos pensamientos que surgen (no sabemos de dónde), accedemos a una forma de “atemporalidad”. Por eso se ha dicho que el Ahora es una puerta a la eternidad. Y el acceso a ese Ahora no es un punto en el tiempo, sino el acceso al “Ser”.
Para el Advaita, la verdadera inmortalidad no es la vida eterna, sino la realización de que no se ha nacido jamás, pues solo lo que no ha nacido jamás no puede morir nunca.
José Alvarado, Historia de los métodos de meditación no dual, pg. 38.
Todo esto es muy útil para comprender la diferencia entre “yo” y “el Ser” de la que hablan las tradiciones místicas y que tanto nos cuesta entender a los occidentales.
Al final del todo, ¿quién soy?
#no-dualidad #ser
¿Qué es la no-dualidad?
La no-dualidad es descubrir que la separación entre tú y el resto de la vida no existe en la realidad — solo en tu mente.
«No ves la montaña, eres la montaña. No oyes a un pájaro, eres el canto del pájaro.»
— Michael Taft
La no-dualidad no es una religión ni una filosofía concreta: es una intuición de fondo que aparece, de forma independiente, en prácticamente todas las grandes tradiciones contemplativas de la humanidad.
Los místicos cristianos la vivieron (Eckhart pedía a Dios «que me libre de Dios» para acceder a lo que hay más allá de todo concepto), los sufíes la cantaron (Nurbakhsh: «la ola, el océano y la espuma, los tres son uno y lo mismo»), el zen la señaló (Huineng: la iluminación «es un descubrimiento de lo que siempre ha estado ahí»), el vedanta hindú la sistematizó (tat tvam asi — «eso eres tú»), el taoísmo la formuló sin palabras («el Tao que puede ser expresado no es el Tao eterno»), la Cábala judía llamó a lo Absoluto «Nada» porque trasciende todo lo pensable, y el Hermetismo occidental escribió que «el TODO es espíritu, una mente infinita y viviente».
Que culturas que no se conocieron entre sí llegaran al mismo sitio no demuestra nada en términos científicos, pero sí dice algo sobre la experiencia humana: cuando alguien mira lo suficientemente hondo — da igual desde dónde —, encuentra lo mismo.
Diferencia entre meditación y contemplación
Al hablar de “meditación” en el contexto de la tradición occidental, y en concreto la judeocristiana, hay una confusión que conviene aclarar.
Lo que entendemos por meditación oriental (atención plena, etc) para la tradición occidental es la “contemplación”. Y en occidente se considera “meditación” a lo que denominamos “reflexión”.
A veces se denomina, en los texto clásicos, “contemplación meditativa” y “contemplación discursiva”.